La cripta

La escotilla completó con un chasquido el ciclo de descompresión. Siento el traje espacial caliente y pegajoso. Una costura descosida me roza justo debajo del sobaco y me produce una comezón irresistible. La puerta se abre ronroneando suavemente. Nuestra primera visión de Príapo VII resulta simplemente impresionante. Saturnal, la gran luna del planeta, cuelga como un enorme globo anaranjado sobre el neblinoso horizonte poblado de selvas, en un cielo de un profundo color añil. La
combinación de colores resulta agobiante, maléfica. Algo oscuro parece agazaparse justo en el limite de la selva...

- Jefe Rojo a grupo Rojo. Desplieguense y busquen supervivientes

Hace cinco días, la estación espacial que controla la puerta de salto recibió una llamada de emergencia médica de clase tres procedente del planeta. Después se cortaron las comunicaciones radiofónicas. Por eso, aunque la atmósfera es respirable, no nos quitamos los trajes espaciales. Nadie quiere dejar su piel en un solitario mundo a veinte años luz de la civilización más cercana. Hasta que no sepamos lo que ha sucedido, cualquier precaución será poca...

La pequeña ciudad parece desierta, amurallada por la omnipresente selva. Nubes de insectos cubren las calles, mientras se dirigen a polinizar las flores púrpuras que cuelgan de las extrañas plantas.
Desde un poste partido, un cable eléctrico se cierne sobre la acera como un siniestro lazo de perrero. En un cruce, distingo un bulto de ropas de colores. Cuando me acerco, compruebo que es el cadáver de una niña, que yace en la calzada como un arlequín roto. La lengua, violeta y tumefacta, cuelga de su boca y sus ojos abiertos y sin vida contemplan la calle abandonada en medio de los insectos que realizan su siniestra siembra...

Tengo que hacer un esfuerzo para contener las arcadas. El cadáver está empezando a hincharse. Lleva varios días abandonado en la calle. No puedo entender lo que ha pasado. Es como si la espada del arcángel se hubiera abatido sobre esta gente, de repente, sin darles tiempo a nada...

- Rojo Cinco a Jefe Rojo. Rojo Cinco a Jefe Rojo. En el hospital central tenemos a una superviviente...

- Roger, Rojo Cinco. Estoy en camino.

¡Una superviviente!. ¡Qué suerte!. Quizás pueda contarnos que es lo que ha sucedido aquí. Me apresuro en silencio por las calles desiertas, intentando alejar de mi el recuerdo de la niña muerta. A
veces, las ventanas se abren como bocas bostezantes sobre oscuros antros. Desde una de ellas, un cadáver en difícil equilibrio sobre el alféizar, realiza una horrible pantomima con sus dientes descarnados. La respiración se me hace difícil. La gravedad del planeta es apenas inferior a la terrestre, y uno no puede hacer muchas acrobacias embutido dentro de un traje espacial...

Por fin llego al hospital. La energía ha fallado. El recibidor está oscuro como una sentina, y tengo que encender las luces del traje para guiarme por los lóbregos pasillos. Llego a la sala donde me espera
Rojo Cinco. El visor polarizado del casco no me deja ver su rostro, pero se le ve afectado. A su lado, una muchacha llora desconsoladamente. Su pelo lacio está sucio y descuidado pero tiene las piernas largas y bonitas. Se puede percibir que una vez fue hermosa. Sin embargo, tiene la piel cubierta de manchas violetas y sus ojos están rodeados por dos enormes círculos negros como la noche.

Dejo que se tranquilice. Al cabo de un rato, comienza a contarnos su historia. Se llama Ana. Ella trabajaba en el hospital, así que tuvo ocasión de conocer los hechos de primera mano. Al parecer, hace una semana llegaron unos mineros con un compañero postrado en una improvisada parihuela. Buscando minerales, encontraron una impresionante estructura. Me muestra una holografía. Un enorme portal, tallado con intrincados símbolos, se alza enmedio de la selva esmeralda. A su lado, diminuta como un pigmeo, una figura en traje espacial posa para la cámara.

- Los mineros no pudieron esperar. Forzaron el sello de la puerta y penetraron dentro. Dicen que solo había una estancia llena de polvo - cuenta la chica con voz entrecortada -

- Pero a los pocos días, uno de ellos se puso violentamente enfermo. Lo trajeron al pueblo. Al cabo de una hora, todos estábamos enfermos...

La chica vuelve a sollozar. Por el canal de comunicaciones solicito que venga la unidad médica con un equipo de cuarentena. Entre tanto, me gustaría consolarla, pero el traje espacial es demasiado  voluminoso para eso...

- Todos están muertos - prosigue Ana - ¡Todos!. Soy la última y solo me quedan horas...

Intento abrazarla, pero sus sollozos son cada vez mas profundos. Le digo que no se preocupe, que la ayuda está en camino, que conseguiremos salvarla. Me mira entonces con sus ojos oscuros, dos
insondables pozos llenos de sombras...

- ¿Pero es que todavía no lo ha entendido?- grita con una voz que tiene un tono de inmensa desesperacion.- Los mineros no estaban locos. Cuando penetraron en la cripta iban vestidos con sus trajes espaciales. Con trajes como los suyos. Sea lo que sea lo que los alcanzó lo hizo a través del traje... es imposible detenerlo...

Siento un frío helado en el alma. Afuera, la enorme luna vierte su luz naranja sobre nuestro sepelio...
 

(C) Cristobal Perez-Castejon Carpena
Septiembre 1999

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